Archivar paraEnero, 2008

El Mayor Espectáculo del Mundo

Cuando decides empezar a escribir críticas, el siguiente paso es invertir en una armadura de kevlar.

Una crítica es algo tremendamente injusto. Sea buena o no. Sea mayoritariamente compartida por el público, o todo lo contrario. Toda crítica es injusta. Tan injusta como un examen que el profesor corrige sin tener en cuenta las horas de estudio invertidas por el alumno, los lápices y rotuladores gastados en resúmenes y subrayados, las hojas arrojadas con frustración a la papelera o la fuerza de voluntad del estudiante para no sustituir el trabajo por el parchís, la Wii o la novia.

En ambos casos sólo se juzga el resultado final, sin tener en cuenta nada más. Ni el dinero invertido, ni las noches en vela del equipo de guionistas adaptándose a cambios de última hora, ni las carreras de la gente de catering para conseguir proveedores más baratos, ni los viajes de los ayudantes de producción a diversas citas bajo la lluvia en una ciudad infestada de gente y sin demasiados taxis. Nada de eso cuenta.

Lo único que tiene cierto peso es la opinión de un señor sentado ante una pantalla, y al que la gente del cine goza representando como alguien con gafitas, sobrepeso, calvicie incipiente, amargura crónica y cara de haber dormido mal los últimos diez años debido a continuas trifulcas con su pareja, extrañamente parecida a él mismo. Es la pequeña venganza que puede permitirse el artista ante alguien que supuestamente no goza de su imaginación.

Como escritor de casi cuatro centenares de diatribas, también tengo que destacar que la existencia del desdichado crítico no es un camino de rosas. No puedo imaginar el frío encuentro en un pasillo solitario entre el pobre escritor de revista de tirada nacional, que firma con su nombre y no con un apodo (¡ingenuo!) y con su credencial sujetada con un clip a una camisa de franela, y uno de esos temperamentales cineastas que lanzan teléfonos móviles y lo que pillan a mano contra cualquier objetivo que se ponga a tiro. El enfrentamiento físico es algo para lo que un crítico medio no está preparado.

Desafortunadamente la batalla en este mundo de bits adquiere una dimensión mucho más popular. Ya no hay que enfrentarse a la puntería de un productor cabreado, sino al exceso de tiempo libre y ganas de sangre de miles de visitantes. Los comentarios de una crítica son a menudo una sabana digital en la que el crítico carroñero se ve asaltada (y sorprendido) por multitud de pequeñas hienas con hambre de gloria y ganas de marcha. La cobertura del anonimato provoca estas reacciones en ciertas personas.

Exajero. A menudo encuentro en las críticas comentarios razonados, razonables y que, aunque difieren de lo expuesto por mí -algo de lo más normal al no estar este servidor vuestro en posesión de una verdad única-, están tan absolutamente bien planteados que deberían sustituir el texto del post. Gracias a estas opiniones uno cree que TODO espectador es un individuo sensible, inteligente y formado que se involucra directamente en el proceso cinematográfico. Y que Japón dejara de cazar ballenas.

Porque por desgracia a este tipo moderado, tranquilo y amistoso es una minoría tan rodeada de insultos, amenazas de muerte, exposiciones de lo absurdo y gritos de “¡muerte!, ¡muerte!” como el general Custer. ¿Hasta qué punto alguien se identifica con un actor, director, producto como para sentirse personalmente atacado con una crítica? ¿Nadie del gobierno invierte en este tipo de estudios?

Pero entre todas estas réplicas, escupitajos y paquetes bomba, hay una especialmente molesta: “Pues a mí me entretuvo”. “Yo me lo pasé teta” ” Mi amigo Jaimito se divirtió mucho. Mucho, mucho”. ¿Y a mí qué?

El entretenimiento es el factor más subjetivo que se puede encontrar y es difícilmente mesurable. Hay gente que se entretiene haciendo castillos de naipes, tirando de aviones con la fuerza de sus bigotes, inventando saltadores para ir al supermercado o trabajando para la NASA. Sin ir más lejos, camina un rato por tu ciudad y acóplate a la primera multitud contemplativa que veas y conviértete en partícipe de su entretenimiento. Y te darás cuenta que observan una obra, la poda de unos árboles especialmente altos o a gente subida a un andamio, como si fuera el mayor espectáculo del mundo.

Hambre

El otro día recibí una de esas noticias que te alegran el día.

Normalmente cuando uno siente la necesidad de escribir, lo último que piensa es en sentarse y empezar un guión. Tal vez porque se corre el riesgo de terminar como uno de esos familiares pesados que obligan a los parientes a representar sus obras en fin de año. Que los hay. Y sobre todo porque un guión no es algo práctico. Si quieres que te lean y que ese esfuerzo invertido en la redacción obtenga sus frutos en forma de contacto con el lector, lo último que necesitas es un guión. Un guión es árido, triste, seco, está encorsetado por ciertas normas y lo van a leer cuatro personas. Y por encima. Y con suerte.

De modo que si hay una idea rebotando en tu cabeza, pugnando por escapar hacia su retiro soñado de papel y tinta, la opción más lógica para empezar son los relatos. Aunque suena a una perversa insinuación sexual, lo único que tienes que hacer es relajarte y dejarte llevar. Así de fácil.

Hará unos 3 años algunos compañeros de Zona Negativa iniciamos una especie de pacto en forma de blog que tenía por alegre nombre A Sangre y Fuego. Aquella impía alianza literaria animaba a escribir algo, lo que fuera, subirlo al blog, y exponerlo al escrutinio del resto de compañeros. El proyecto no tardó en irse al traste, pero el tiempo que duró sirvió para que los que paticipábamos nos desahogáramos excretando relatos de todo tipo. Escribir es en cierto modo una necesidad que sienten algunos humanos, y una vez satisfecha, si la bestia ha quedado del todo saciada, es inútil seguir alimentándola.

Mi primera contribución a ese proyecto fue un lacrimógeno cuento llamado Hambre. Eran los primeros tiempos de la política post 11-S, y necesitaba contar algo desde otro punto de vista que no fuera el de la CNN y la 101 Aerotransportada. Así que en mi primer turno de posteo decidir unir 4 de los grandes males del ciudadano del tercer mundo: el hambre, la pobreza, el primer mundo y la mala suerte.

Hacía ya tiempo nadie me había vuelto a hablar de Hambre (tampoco hay razón para ello), pero hace unos días la gente de la revista digital Burán, se puso en contacto conmigo. Lo habían leído y les gustaba. Y querían publicarlo en su próximo número. Como dije, una de esas noticias que te alegran el día y que nunca llegas a agradecer como se merecen.

Como la gente de Burán resulta que vive en Italia, el relato aparecerá traducido al italiano. Es una de las peores costumbres que tienen los extranjeros: insisten en expresarse en su propio idioma. Para los no políglotas, aquí dejo una vez más el relato completo.

Que aproveche.

Tenía hambre. Estaba sucio, hacía semanas que no dormía en una cama y no recordaba el tacto de la ropa limpia. Pero eso era lo de menos. El doloroso vacío de su estómago, el frío que recorría su cuerpo, la pesadez de sus miembros… Eso era lo que importaba ahora. Tenía hambre. No había comido nada desde que aquella pareja le había comprado una porción de pizza dos días atrás. Les explicó como pudo su situación. Cómo había dejado atrás su hogar, el viaje junto a sus compañeros, su llegada al país… Les habría contado que su esperanza había muerto con la sonrisa del explotador, con las lágrimas de sus compañeros, con la mirada de desprecio con la que era recibido… Les habría dicho que no quería compasión o lástima. Sólo ayuda. Pero su conocimiento del idioma no daba para tanto.

Se acurrucó contra la pared del metro, intentando evitar que el calor escapara de su cuerpo. De vez en cuando alguna cabeza se giraba y lo miraba. La mayoría había aprendido a ignorarlo. Miró su reloj. Había sido de su abuelo. Una obra de precisión. Aquel reloj había cruzado las arenas del desierto a principios del siglo XX. Ahora en el XXI, atado a su muñeca, había cruzado el océano. Cerró los ojos para paliar el dolor de su cabeza y recordó. Recordó el sabor de la pizza en su boca dos días atrás. Recordó el rostro de sus dos salvadores.

Ella era bella. Él siempre sonreía. Habían sido muy amables… el queso fundido… años atrás él habría hecho lo mismo… la sabrosa carne sobre la masa… su mujer era generosa, siempre quería ayudar… el impacto frío del refresco sobre su reseca boca… Apretó los ojos. Tenía mucha hambre.

Pensó en ir a los baños y beber agua hasta hacer creer a su cuerpo que estaba saciado, pero ya era tarde para mentiras. Volvió a abrir los ojos y trató de olvidar el dolor, de concentrarse. Ahora sólo debía existir una cosa. Si el paraíso prometido por Alá no era una mentira, debía ser como el escaparate de esa panadería. Los bollos recién horneados, los pasteles rellenos de nata, las empanadas de carne. Todo estaba allí. Las primeras horas había tratado de ignorarlo, durmiendo, paseando, rezando. Pero ese olor, ¿cómo se podía ignorar ese olor a comida, a calor, a hogar?. Había pensado en entrar y pedir alguna sobra, pero conocía cual sería la respuesta. Con lo que había ocurrido la gente de su raza no era bienvenida. Él no era un ladrón. Deploraba a los criminales. Odiaba a aquellos que creían estar por encima de la ley. Por encima de la vida de los demás. Pero ese olor… Era su condena. Sólo había una forma de hacerlo. Solo una. Dolorosa. Indigna. Deshonrosa. Un pinchazo en su vientre terminó de convencerlo. Había que hacerlo.

Se acicaló como pudo para llamar la atención lo menos posible y caminó con decisión hacia la puerta. Chocó con un par de abrigos negros. Uno de ellos dijo “excuse me” y siguió andando. Un sudor frío resbalaba por su frente. Oteó la figura negra de reojo sin dejar de caminar. Por un instante supo que era vigilado, que la policía estaba allí, que le atraparían y lo encarcelarían sin dejar que se explicara. A él. Un hombre honrado. Que tiraría al traste todo su honor, su dignidad, sus valores. Pero aquel olor. Eran sólo imaginaciones suyas. Delirios del hambre. Aceleró su paso, esquivando a las decenas de viajeros que conversaban entre sí. Por fin estaba ante la puerta abierta. El olor era más intenso que nunca y lo atraía hacia el interior. Debía ser rápido.

Estaba ante el mostrador. La dependienta se giró hacia los hornos. En menos de un segundo ya tenía un bollo de crema en su mano. Lo ocultó como pudo bajo la chaqueta y salió. Aún estaba caliente. Le impregnaba sus dedos con azúcar. Los sentía pegajosos. Deseó poder comer a través de ellos. Pero no era el momento. Aún no. Debía alejarse. Ir a los baños y dentro. Dentro lo saborearía. El pan blando, la crema del interior. Sonrió, pero duró poco. Entre la gente vio al hombre del abrigo negro. Le miraba. Se acercaba. Intentó evitarlo, pero allí estaban. Por todos lados. Chalecos amarillos. Reflectantes. Cascos. Gorras. Placas. Porras. Lo rodeaban. El abrigo negro estaba a un paso. Se llevó la mano al bolsillo y sacó algo. “Excuse me” dijo.

Corrió. ¿Dónde lo había oído? Tal vez en una serie de televisión. Dos días atrás. En la pizzería. “El miedo nos activa” dijo el protagonista “nos activa y nos dice ¡Corre!”. No le atraparían. Él estaba asustado. Ellos no. Sólo había cogido un bollo. ¿Por qué iban a temerlo?. Corrió, ocultando su tesoro bajo la chaqueta. Corrió y entonces sintió esa sensación. Ese escalofrío que te advierte que has olvidado algo. Abrigos, chalecos, cascos, gorras, placas, porras… armas.

No lo tuvo claro hasta que la gente gritó y se echó al suelo. Había oído algo. Un segundo atrás. Algo que pudo oír sobre las órdenes que le gritaban los agentes en un idioma que desconocía. Algo que sintió más fuerte que los choques contra la gente. Algo como… ¿bang? Se detuvo. El primer disparo le había atravesado el pulmón derecho. Se preguntó donde habría ido a parar la bala. Sintió los otros dos saliendo de su abdomen, desde la espalda. Cayó al suelo. Le dolió soltar el bollo, pero sus manos no querían sujetarlo más. Rodó hasta su cabeza y quedó allí. Ante sus ojos. Ante su boca. Ante su nariz. Ese olor.

Alguien le dio la vuelta. Notaba la mano de un hombre que palpaba sobre su ropa. Por todo su cuerpo. Clear!, gritó al terminar. Luego llegaron más abrigos, chalecos, gorras… ¿cómo seguía?. Oía sus voces. Sobre él. A millones de años luz sobre él. God, we done?, innocent, ambulance, gonna be good… Sonaban como una vieja canción de Sinatra. El abrigo negro le sujetó la cabeza. Tenía el pelo rubio, los ojos azules. Debía tener su edad. Le preguntó algo que no comprendió. El abrigo negro lo repitió. Tragó sangre y puso toda su fuerza en su garganta. I am hungry, dijo. Su voz era distinta. Más débil. El abrigo arrancó un trozo de bollo y se lo metió en la boca. Sabía como debía saber. Notó la fría crema en contraposición del pan caliente. El azúcar que había impregnado sus dedos estaba ahora en su boca. Estaba delicioso. Otro hombre apartó al abrigo negro. Sus ojos se cerraban, pero estaba seguro. Lo vio. Podría estar alucinando, pero no había duda. A pesar de estar en el metro, bajo tierra, lo vio. Decenas de estrellas sobre un cielo azul bordadas en la manga de un uniforme. Era como pensaba.

———————————————————————————————————-

Jean encendió la tele. Había pasado el mayor susto de su vida pero quería comprobar algo. Cambió de canal, pulsando los botones del mando con frenesí hasta que lo encontró. Ahí estaba. Guardó silencio y escuchó a la presentadora. “… entes de la policía del metro han abatido a un sospechoso aún sin identificar en la estación de Central con Maine. El individuo llamó la atención de los agentes al tratarse de un varón de rasgos árabes que ocultaba algo bajo su chaqueta. Tras emprender la huída fue abatido por miembros de la unidad antiterro*”. Apagó el televisor. En esta cadena tampoco mostraban imágenes de su negocio. Aún así era una buena anécdota para contar a sus amigos. Comprobó los hornos de pan, vació el escaparate y desechó el género viejo. Fue al abrir la caja cuando lo vio. ¿Quién habría dejado un reloj tan antiguo sobre su mostrador?.”

Ammit

Todo el mundo necesita un bautismo de fuego, y este fue el nuestro.

catammitbanner.jpg

Estaba aburrido, y como siempre cuando me pasa eso, necesito mucho más tiempo del necesario para no hacer nada en particular. Llevaba meses en casa y no tenía muy claro qué hacer. Así fue como empecé con KTarsis. Para matar un poco el rato, y tener comunicación con el mundo exterior más allá de las fronteras montañosas de mi ciudad. Necesitaba saber que seguía habiendo un mundo ahí fuera. 

Estaba aburrido. Y así fue como empecé también con La Doctrina del Caos, mi primer guión de largometraje que lleva casi un año viendo mundo de unas manos a otras. Al menos está viajando. Envidio a esas 124 páginas y su particular odisea laboral. Supongo que tarde o temprano, si logran sobrevivir, volverán a casa aunque no sea por Navidad.

Estaba ya finiquitando esa extraña historia -que espero podáis ver algún día, dentro de unos 100 años- cuando el compadre David Tordable me suelta que si le escribo un guión de corto, lo rodarán. Así de fácil. Escribe y lo rodamos. Parece una proposición surrealista.

Por supuesto, hay condiciones. Tiene que convencer tanto a él, como a su compañero Víctor Alonso. Suena divertido. Un reto con el que aliviar el tedio que empezaba a dejarse ver al final de un túnel de trabajo autoimpuesto. Algo de actividad para paliar las horas muertas tumbado en la cama, mirando el techo mientras suena una y otra vez un disco de Bad Religion ya rayado por la sobrexplotación.

Así que me pongo a pensar en qué tipo de historia podría convencer a dos tipos que se han visto todo el cine que podría abastecer el cosumo de la India en un año. Tiene que ser barato, un sólo escenario, pocos personajes y nada de diálogos. Los medios mandan. ¿Pocos recursos? Eso es para profesionales de alta escuela. Ello no tienen ninguno. Tal vez aquella historia de…

Salgo de la ducha, mi centro de meditación particular, y en una media hora les escribo Ammit. Simplemente estaba ahí y necesitaba vomitarlo. Esta es la oportunidad para aliviar mis entrañas. No es algo genial, ni probablemente se acerque a algo decente, pero es lo que necesitaba contar y ellos dirigir. Es nuestra historia.

Y les gusta. Increíble.

El mayor hándicap de Ammit es que para comprenderlo, sentirlo e identificarse medianamente con la historia, hay que estar de un humor muy particular. Ese en el que te sumes tras ver la Delgada Línea Roja o después del final de Requiem por un Sueño. Ese que alcanzas al ver a la mujer que quieres besando a otro o siendo el espectador de una función de circoen blanco y negro. Ammit es un corto para gente desgraciada. O al menos, para gente feliz que aún conserva vívido el recuerdo de los tiempos amargos. Es un corto para el 5% del público. Afortunadamente.

Meses después me llega a casa un abultado sobre. En él está el DVD de Ammit. Me siento y lo veo con mi familia. No es como yo lo imaginaba.

El escenario es pobre, el protagonista es Vito y la narración se ve entorpecida por los nulos medios. Yo sonrío entusiasmado y dejo correr la película hasta el final de los créditos. Mis acompañantes me miran con esa expresión protocolaria para felicitar a alguien que obviamente ha fracasado. Guardan las formas con comentarios carentes de emoción. Es la típica obra que desprecia un profesional y que alguien con experiencia y no mucho dominio de su ego podría convertir en un chiste fácil. Y que el público olvida a los cinco minutos entre anuncios de detergentes y noticias del corazón.

¿Qué demonios esperábais?

Ammit no es como yo lo imaginaba. Es mejor. David y Víctor han mantenido la calma, han aprovechado sus medios al 10000% y han narrado la historia al ritmo que necesitaba. El trabajo de post-producción es magistral. No hay director de fotografía. No hay técnicos de sonido. No hay nada. Ni nadie. Pero el resultado es digno, y cuenta lo que necesitábamos contar.

Ha pasado casi un año y como suele ocurrir, miramos a Ammit con el cariño de unos padres que siguen queriendo a su hijo a pesar de que tenga 30 años, trabaje en un burger y siga viviendo en casa. Podría ser mejor si… Si no hubiéramos… Incluyendo esto… Todo es más fácil a posteriori. Desde la barrera.

Pero Ammit es nuestro primer corto. Siempre lo será. Lleguemos un metro o mil kilómetros más allá de ese humilde inicio, nos daremos la vuelta y allí estará. Es nuestro  comienzo. El catalizador que activará lo que venga después.

Es nuestro. Y lo queremos.

 

Un loable -aunque fallido- intento de presentación

No soy un escritor.

Echadle un vistazo a cualquier programa de la televisión, por casposo o superficial que sea. Como si de un dogma preconcebido se tratara, todo individuo que da la cara en la pantalla viene definido por una profesión, una actividad. Fulanito de Tal: Pescadero, Meganito de Parallá: Juez. Es un buen método para enclaustrar a cada cual en un estrato social que a menudo, el glamour de la pantalla y los quince minutos de fama disimulan. ¿Cómo permitirlo?.

Si por algún extraño capricho del destino apareciera en un telediario, bajo mi nombre no saldría el subtítulo “escritor”. En base a esa norma prestablecida, jamás se me podría incluir en tan selecto grupo.

Intentamos definirnos con una profesión. Soy médico. Soy carpintero. Soy escritor. Lo que hacemos es, en cierto modo, lo que somos. Yo no soy escritor.

Yo escribo. Es cierto. La mayor parte de mi tiempo libre escribo. Escribo noticias. Escribo relatos. Escribo guiones… Admito mi culpa. Pero no soy escritor.

¿Captáis la diferencia?

Soy informático y trabajo en una pequeña tienda, en una pequeña ciudad donde nunca pasan demasiadas cosas y donde la gente tiende a exagerar sucesos sin importancia o a imaginar los realmente importantes.

Esa es una buena definición.