Sacarme de casa es una aventura épica al mismo nivel que la Odisea, la Biblia o En Busca del Valle Encantado.
Los que me conocen saben que veo el exterior como una amenaza. Que aborrezco la fiesta, huyo de la muchedumbre y, en contadas ocasiones, profeso un odio infundado por la gente. Para mí un bar lleno de voces, una discoteca en la que retumban bafles y se menean los cuerpos o una verbena en la que reina Paquito el Chocolatero y se improvisan congas, es la imagen perfecta del infierno de Dante. Noveno círculo.
Y por supuesto servidor se convierte a la vez, en la definición enciclopédica de la expresión “estar fuera de sitio”. Alterno miradas entre la puerta y el reloj, como un naúfrago en busca de tierra. Una salvación que las risas de mis amigos y la frase “ponme otra” parecen posponer irremediabemente hasta el amanecer.
Pesadilla en un mundo real es más que un relato, sesanciones esbozadas en una servilleta de bar, en una de esas noches en las que el mundo que te rodea parece haber sido diseñado a medias por Tim Burton y Hugh Hefner.
Felices sueños.
Aún no había conseguido domar sus zapatillas deportivas, que relincharon nerviosas sobre el suelo de espuma. Luces de mil colores cegaban sus ojos. Tambores electrónicos anunciaron el comienzo del ritual. La marcha tribal aumentaba su ritmo y machacaba sus oídos con mensajes subliminales sobre violencia y sexo. Una luz líquida traicionaba su principio natural y ocultaba zonas que debía iluminar. ¿Es cegadora una luz negra?
La melodía de cubos de basura comenzó a tironear con violencia de los títeres de carne, que iniciaron una frenética danza de supuestas connotaciones eróticas. Una virgen contoneó ante él una sugerente variedad de movimientos. Su cortejo cinético evidenciaba el deseo de la joven de dejar de pertenecer a una especie en peligro de extinción. El mercado de la carne demandaba piezas tiernas, y la que tenía ante sí vestía ropas de película porno planchadas por una madre orgullosa.
Destruyó el mundo de la casta con una mirada y emergió con rapidez del mar de niebla coloreada. Ascendió por una escalera invisible hasta el piso superior. En la cúspide del templo, regresiones treintañeras lamían orejas adolescentes con dulces mentiras sobre la belleza y el placer. Entre la carne, su diosa devoraba con besos una ofrenda de niebla.
Se sentó junto a ella porque así debía ser, aunque se sintió quemado como el que roza el cuerpo de un sol. La estrella de rayos oscuros le miró con dos mares azules y preguntó con indiferencia:
-¿Alguna vez deseaste algo que no podías tener y alguien te lo regaló sin pedir nada a cambio?
Él saboreó con los ojos su cuerpo de pantera y supo que con su pregunta, la divinidad se refería a ella misma. Respondió con arrogante seguridad.
-Sólo echo de menos lo que no tengo, no pierdo el tiempo pensando en lo que ya poseo.
La sonrisa de ella era como el filo de un cuchillo templado con el brillo de la luna llena.
-Te concederé ser el humo que escapa por mis labios. Sólo hoy. Sólo esta noche.
Sus dientes mordieron la fresa de carne prometida. Aspiró el último aliento de su cigarro y este la felicitó con un destello. Él la miró, y sólo vio deseo. Mil millones de razones se manifestaron en contra de su decisión, pero sus labios la devoraron envueltos en la nube de un beso tóxico.
El hormiguero celebró la fugaz unión tarareando oraciones canoras que alimentaban su irresponsable concupiscencia. Coleccionaron sonrisas de amantes anónimos que quedaron guardadas en confusos recuerdos de etileno. Cuando el día llegara, presumirían orgullosos de decadencia. Violarían a la primera luz del amanecer e irían a contárselo a sus amigos.