Que en el arte no caben conceptos tan fríos como la economía o la matemática, es una teoría fácilmente rebatible.
Algún feliz bohemio, engatusado por la musa y poseído por el espíritu de la inspiración, quizás susurró conmovido tal estupidez. Pobre de él cuando se percató de que el mundo real se encarga solito de desmontar una visión demasiado romántica de un medio más hostil y seco de lo que se esfuerza en aparentar.
El arte, cualquier arte, es un negocio. Y cualquier artista, por tanto, un trabajador al servicio de unos amos. Tal vez distintos a los de la masa proletaria y currante (los de las siete de la mañana, o las seis, o las cinco parafraseando), pero amos al fin y al cabo.
Puede que el amor al arte exista, pero no es de por sí un sustento suficiente para el cuerpo mortal. El alma inmortal tal vez subsista con películas de Godard y canciones de R.E.M., pero su sucia carcasa pide comodidades como un techo o un alimento diario. Malsano vicio del trabajador, este de comer cada día.
El dinero es por tanto un factor fundamental en el arte, y aún más en una macro industria como es el cine. Llega a ser hasta tal punto esencial, sobre todo para el neófito que comienza sin apoyos ni recursos, que sin él, el arte no existe. El cine cuesta dinero, y sin un apoyo económico adecuado es prácticamente imposible desarrollar una producción digna. La ilusión y el compromiso suple la falta de medios sólo hasta cierto punto.
Sin embargo sigue siendo en ciertos círculos -por sus obras los reconoceréis- un tabú. Hablar de dinero ante los “auténticos” artistas es una ofensa, un insulto, una maloliente defecación sobre sus altruístas impulsos.
Decía alguien que quien no se preocupa por el dinero es porque nunca ha tenido que ganárselo. Es posible. Y es posible también que esa despreocupación sea la que diferencia en este mundillo entre los geniales artistas de look kitsch, pensamiento referencial y verbo inflado, de los auténticos trabajadores sencillos y sudorosos que los equiparan en ilusión pero les dan sopas con onda en compromiso.
Este miedo endémico al salario, lo convierte en un elemento utópico para quien necesita el mondongo para cubrir gastos o ganarse la vida. En un mito similar a los unicornios o a la niña de la curva. En una meta complicada para los -pocos- profesionales y en un imposible para los -son legión- aficionados.
Un dato: Durante siglos las obras literarias fueron escritas en su mayoría por individuos de clase alta y economía sosegada con el tiempo libre necesario como para dedicarse al arte y mantener el plato lleno.
Poderoso caballero…
P.D.: Dedicado a todos aquellos que trabajan gratis con la vana esperanza de ver, algún día, sus esfuerzos retribuídos. Y que lo hacen con los pies en el suelo y la mente volando en cielos lejanos.






