Archivar paraMayo 14, 2008

Sueños y números

La ilusión por descripción propia, poco o nada tiene que ver con una visión realista del mundo, una aceptación mesurada de los problemas y una actuación consecuente en la búsqueda de soluciones.

Uno tiene montado su propio cuento de la lechera y dependiendo del grado de ingenuidad de cada uno, el futuro se antoja más o menos rosa. Siendo el “artista” como es, un individuo alejado de lo mundano, el cuento de la lechera puede convertirse fácilmente en una serie de 10 novelas, una película y un spin off sobre el auténtico origen del cántaro de leche en forma de serie de televisión.

Allá por finales de 2.007, este año se me antojaba como el definitivo para consolidar mis proyectos en este siniestro mundillo del cine amateur. Todo se presentaba luminoso y próspero, y ya casi podía sentir el agradable calorcito que me daría la piel del oso, mucho antes de haber consultado nada sobre la vida de los plantígrados.

Dejando sueños y vanalidades semejantes a un lado, y aceptando la matemática como auténtica dominadora de la vida humana, 2.008 ha sido por el momento una total decepción.

Haciendo cuentas. El año pasado escribí ocho guiones de cortometraje, y en lo que llevamos de 2.008 he terminado otros cuatro. Además escribí cuatro pequeños guiones para sketchs y un guión de largometraje.

De todo ello por el momento se han producido sólo dos cortometrajes. Del resto o no cuajaron, o se reescribieron hasta llegar a callejones sin salida, o perdieron totalmente su esencia primigénia, o sirvieron de inspiración a terceros mutando en historias en un principio inconcebibles, o viajaron y viajan por toda España y el extranjero, o -lo que es peor-, permanecen en un estado criogénico de eterna pre-producción.

Digamos pues que actualmente mi nivel de éxito es de aproximadamente un triste 6%. Lo cual sitúa con un 94% mi enfermiza tendencia al fracaso.

Analizando esto a un nivel económico, en un acto de innombrable herejía que nos llevaría a la condenación eterna ante la inquisición bohemia, los números son aún más sádicos. El tiempo invertido jamás recuperado no ofrece ni la más mínima esperanza de futura remuneración.

Peor es aún el caso de quienes llevados por la ilusión invierten dinero propio además de tiempo. A ellos habría que levantar estatuas y escribir odas por su heroísmo.

Pero lo cierto es que ante estos dramas uno no puede pensar en más que en dejarse de chorradas, ahorrar, invertir en inmuebles y vivir de las rentas.