Archivar paraMayo 23, 2008

Indiana Jones: La Experiencia

Cuando hace unos cuatro años comencé a reseñar películas, decidí imponerme un código interno para seguirlo a rajatabla. El hecho de situarme en la cómoda postura del que se permite juzgar el trabajo de muchos otros, me obligaba en cierto modo a poner límites a mi labor. En este cuaderno de estilo figuraban normas como mantener siempre la independencia en mis opiniones, evitar desvelar detalles de la película, expresarme con brevedad y ante todo, no exponer mis propias emociones sino el fruto de un análisis objetivo. Este último punto suponía para mí el paso atrás que un observador da ante un cuadro para obtener una mejor perspectiva. Era comprender que de poco servían mis emociones a otro espectador que buscaba la verdad sin fisuras. Pero hoy la ocasión –para mí una meta soñada desde hace años- se merece hacer ciertas excepciones.

 

El lado negativo de situarse en el bando del analista es que en base a esa normativa citada, el proceso resulta puramente cerebral. Es como si al tener un plato de alta cocina en la mesa, se realizara una meticulosa separación de los ingredientes y se evaluaran tanto por separado como en la mezcla, en vez de simplemente degustarlo. Cierto es que esta visión fría –casi científica- del cine aporta conocimiento (o al menos una sensación de conocimiento) que permite que cuando se deja de atender al polvo de hadas, se puedan oír los engranajes de la maquinaria que lo produce. Pero lo que se gana en sabiduría, se pierde en atracción. Para mí el cine ha perdido después de estos años parte de su magia para convertirse en un producto manufacturado.

Cientos de reseñas me han permitido ver películas de todo tipo: buenas, malas, olvidables, contraproducentes, magníficas y conmovedoras. De acción, aventuras, romance, drama y misterio. Americanas, francesas, austríacas, surafricanas o rusas. Pero de todas ellas, muy pocas han logrado atraparme de tal modo que pudiera olvidar mi cometido y dejarme llevar sin ataduras. De modo que cuando llegaba una mala racha plagada de productos sin alma, tenía mi propio salvavidas. Se trataba de tres películas originales, en VHS individuales ya envejecidos por el exceso de uso, que no importaba cuantas veces las viera. Siempre conseguían algo de lo que otras, a pesar de su novedad, eran incapaces. Conseguían hacerme sentir.

Esa es probablemente la diferencia entre Indiana Jones y sus competidores. Indiana Jones no son películas. O al menos no sólo películas. Indiana Jones es una experiencia. Es sentir el impacto de la innovación / renovación que fue En Busca del Arca Perdida para el cine de aventuras. Es dejarse llevar por el endiablado ritmo de El Templo Maldito. Es vibrar cada minuto con la trepidante persecución de lo divino que era La Última Cruzada. Indiana Jones era aventura, era emoción, eran nervios. Era no levantarse en la pausa publicitaria porque cada instante de metraje era oro puro. Era morderse las uñas minutos antes de que empezara la película. Era gritar de tensión. Era reír a carcajadas. Era mirar a un personaje como si fuera tu mejor amigo. Era tararear eufóricos la mítica fanfarria mientras los héroes cabalgaban hacia la puesta de sol. Era sentir que cualquier cosa podía pasar. Era verse involucrado en una aventura auténtica como si las butacas, los espectadores de al lado y la propia sala hubieran desaparecido. Indiana Jones no se veía. Se sentía.

Eso era lo que marcaba la diferencia. Lo que ha logrado convertir a un personaje en un icono y a una saga en un gancho capaz de movilizar a millones de personas tras veinte años de ostracismo. Pero todo cambia…

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Raíces de la Utopía – Créditos Iniciales

Concebidos por pobrelavaca y aderezados por el talento y el esfuerzo de David Tordable, editor de todo el cortometraje.