Aunque habitualmente este es un blog quejica, cínico, sucio y cabrón, hoy me voy a permitir hacer un cambio de contenido con un momento rosa. Hay momentos que merecen la pena ser disfrutados en toda su intensidad.

Dos misteriosas sombras fotografían unos carteles de la película en Valladolid
Desde que llevo escribiendo los momentos de satisfacción han sido pocos comparados con los quebraderos de cabeza que este hobby-pasatiempo-pseudoprofesión y sus circunstancias, me han ido provocando durante todo este tiempo. Si este blog tuviera una misión sería probablemente esa. Demostrar a través de mis experiencias más lúgubres que el mundo del cine (desde mi punto de vista totalmente amateur) no es tan mágico como lo pintan.
Pero existen excepciones. Breves momentos en los que todo es de color dorado, la gente sonríe con sinceridad, todo el mundo disfruta y vemos a cada prójimo como un hermano. Existen. Y lo sé porque el sábado pasado yo viví uno.
Si rodar en este país (y probablemente en cualquier otro) un cortometraje sin medios, presupuesto, contactos ni apoyo, es un acto cercano al suicido, esperar resultados positivos es un total ejercicio de ingenuidad. Es inconcebible que un filme con estos antecedentes pueda abrirse camino entre los que (sea como sea) sí han logrado hacer frente a todas carencias. Pero de intentarlo nadie nos priva y por algo se empieza. Aunque sea teniendo la fe de que los milagros, muy de vez en cuando, se producen. Y que alguna vez tendrá que tocarnos a nosotros. Aunque eso es complicado.
De modo que intentando ser realistas, nadie esperaba un pimiento de la primera proyección de Raíces de la Utopía,que gracias a la generosidad de la gente de Caja España, pudo proyectarse en su sede vallisoletana de la Plaza de España. Allí todo era ilusión, pero se imponía el realismo. La noche del sábado 24 se mostraba plagada de sugerentes alternativas de ocio a las que no podíamos hacer frente. Eran las 20:15 y empezábamos a afrontar lo inevitable. Una exposición entre amigos, una breve charla y luego merienda.
Pero a eso de las ocho y media ocurrió el milagro. Un milagro en forma de una legión de personas. De ancianos, jóvenes y niños. De profesores y estudiantes. De amigos y desconocidos. Un ejército desorganizado que poco a poco, uno a uno, llenó la totalidad de los asientos y empezó a situarse por los pasillos. Permaneciendo en pie, impávidos, mientras esperaban que comenzara el espectáculo. Los milagros existen…
No. En mi opinión, no existen. En mi opinión lo que existe, lo que ha motivado este primer pequeño ”éxito” de Raíces de la Utopía ha sido el esfuerzo, el trabajo, la pasión y la generosidad de todas y cada una de las personas que ha participado en el proyecto. De cada ayudante, director, actor, productor, eléctrico… que sacrificó su tiempo por un corto ajeno simplemente por ayudar.
Como humilde guionista, quiero insistir en mi inmensa gratitud por hacer, gracias a todo este cariño y dedicación, de una simple visión, algo real y tangible. Algo que compartir con otros cientos de personas. A todos, GRACIAS.
Raíces de la Utopía comienza ahora su periplo. Un largo viaje que tal vez le lleve muy lejos, o tal vez a ninguna parte. Pero ha comenzado con buen pie. Con una gran acogida. Con nosotros disfrutando con la satisfacción del obrero agotado y sudoroso que sonríe ante el trabajo bien hecho.
Ha sido un gran comienzo. Ahora el tiempo dirá.






