La luz desaparece con un sonoro golpe y un ruido metálico.
El aislamiento es absoluto, como si el resto de la humanidad, con sus edificios, coches y vidas ajetreadas, hubiera desaparecido en un parpadeo. Todo es oscuridad y silencio, y la chica tiene la incómoda sensación de que su nuevo mundo es un reducto demasiado pequeño para su cuerpo. Ahí dentro se siente una prisionera a la que han cortado el vínculo sensorial con el mundo exterior. En esa postura parece el muñeco de un ventrílocuo, despojado de vida sin el manejo su amo y que reposa en su ataúd hasta que este le resucite en la próxima actuación. Con sus piernas flexionadas, sus rodillas arañando la madera, su cabeza girada de una forma extravagante y su espalda encorvada, Astrid desearía ser una muñeca de trapo y no esa molesta amalgama de piel, hueso y músculo dolorido que forma su cuerpo.
El baúl sin duda ha sido diseñado por hombrecillos diminutos sin ninguna necesidad de contorsionarse para ocupar su lugar en el mundo. La misma gente que coloca los asientos de los autobuses excesivamente cerca unos de otros, que hace los techos de las buhardillas demasiado bajos y que vende a los hoteles camas de las que siempre sobresalen los pies. Astrid los maldice en voz baja al notar como su rodilla derecha se queja con un trisquido, recordándola que hay límites de torsión que no debe sobrepasar.
Astrid odia este momento, pero ha aprendido a superarlo. Es capaz de ordenar a su mente echar a alas y volar alejándola de esos minutos de dolor. De llevarla a lugares que nunca ha visitado y momentos que ya casi no recordaba. Atrapada en el baúl no piensa en los ojos asombrados del público, ni en las teatrales maniobras que estará realizando su compañero. No piensa en las entradas que se habrán vendido del espectáculo, en que no cobra demasiado por tantas molestias, ni en si lloverá al salir y tendrá que pedir un taxi para volver a casa. Simplemente imagina y sueña y se deja llevar a un mundo en el que “dolor muscular” es el nombre de un sabroso pastel de frutas. O en el que el baúl es una gran casa colonial con decenas de habitaciones, cada una con una gran cama y un comodísimo colchón de plumas. Esa capacidad de evasión es sólo comparada a la de los más grandes escapistas de todos los tiempos. Encerrada ahí dentro, puede ir adonde quiera. Tan sólo debe de estar atenta de la señal con la que su compañero la indicará cuando salir.
Un rayo recorre el cuerpo de Astrid desde la misma punta de sus zapatos de tacón hasta la última pluma que corona su aparatoso tocado. ¿Cuánto ha pasado desde que entró en el baúl? ¿Cuánto lleva ahí dentro? ¿Tan lejos la han llevado sus pensamientos que no ha podido volver a tiempo? ¿Tan descontrolada habrá estado fantaseando con salir, que se ha olvidado de hacerlo? Astrid mueve su cuerpo con nervioso frenesí, impulsando hasta el último de sus músculos para levantar la tapa del baúl y emerger de él indemne, saludable y sonriente para asombro de su público, que apenas segundos antes habrá visto un baúl vacío. O serrado por la mitad. O atravesado con espadas.
Pero ahí fuera no está el escenario principal del Gran Teatro, ni la saluda su compañero vestido con frac, chistera y varita mágica, ni aplaude ningún público. Astrid jamás había estado en este lugar. Jamás había oído hablar de él, ni lo había visto en postales o atlas, ni había leído su nombre en algún mapa. Astrid jamás había imaginado este mundo.
A sus pies, fluyendo del mismísimo baúl parte hacia el infinito un camino de losas doradas por el que salta una hilera de miles y miles de conejos blancos salidos de alguna misteriosa caja. La vereda está adornada por varitas mágicas que en un instante se convierten en ramos de vistosas flores de plástico. Surca el cielo, dibujado con pinturas de cera, una bandada de palomas inmaculadas, prófugas de sombreros con doble fondo. Empiezan a llover naipes sacados de la manga. Un árbol de cartón da como fruto centenares de bolitas de trilero de todos los colores.
Alrededor de Astrid camina apresuradamente una muchedumbre formada por individuos en busca de un destino que no acaban de encontrar. A vista de pájaro serían hormigas que, conocedoras de una inminente tormenta, apuran sus tareas antes de volver a sus agujeros. Medias de rejilla, corsés blancos, fracs, sombreros de copa corretean alrededor de la chica. Algún voluntario cuya osadía se ha convertido ahora en despiste, camina confundido entre el ajetreo. Ese mundo parece un gran departamento de objetos perdidos. O mejor dicho, de objetos obligados a perderse entre una gran nube de humo, un giro rápido de muñeca, un abracadabra o una aclamación del público.
Una chica se acerca al baúl de Astrid. De no ser por el color de su vestido, vista desde cierta distancia podría ser su hermana gemela. Compañera de gremio al menos, tal y como indica su sombrero de plumas al estilo años veinte, un corpiño aderezado de lentejuelas brillantes, una falda formada por tiras de tela, unas medias altas de rejilla y unos radiantes zapatos de tacón. Las dos ayudantes se miran confusas unos instantes.
-Creo que esta es mi salida –Dice la extraña mientras estudia hasta el más mínimo dibujo del baúl.
La parálisis de Astrid obliga a su compañera a apremiarla, expulsándola de sus dominios con una amabilidad cargada de firmeza.
-Vamos, vamos. Es hora punta y no hay tiempo que perder. Tengo que volver en menos de un minuto.
-Pero… este es mi baúl. –Apunta Astrid con una tímida queja.
-Espabila novata. No querrás volver por el mismo sitio por el que has llegado, ¿no? –Y ante los ojos confusos de Astrid se mete en el baúl con asombrosa agilidad y cierra la tapa. Un segundo más tarde, esta se vuelve a abrir y de la caja sale una chica totalmente distinta. Y después otra, y otra, y otra… Y todas ellas se unen correteando a la multitud frenética en busca de su propia salida. Astrid otea a su alrededor, tratando de encontrar con la mirada el lejano destino al que se dirigen sus compañeras. Lo ve a lo lejos. Otro baúl exactamente igual descansa aburrido junto a una jaula en la que dormita un viejo león.
Astrid corre apresurada sobre las puntas de sus zapatos de tacón entre la caótica turba hasta llegar al otro lado. Espera en la cola hasta que llega su turno y con los movimientos habituales, se introduce de nuevo en el baúl.
Al instante la luz desaparece con un sonoro golpe y un ruido metálico.
Alguien golpea la madera desde el exterior y Astrid abre los ojos. La luz se abre camino en las oscuras profundidades del baúl y la chica sale al exterior, relajada, tranquila y sonriente. Sin la más leve herida a pesar de que todos y cada uno de los ojos que miran desde las butacas, han visto el baúl arder, sumergido en el agua durante varios minutos y atravesado por afilados sables. ¿Cómo es posible? Un foco ilumina a Astrid que brilla radiante ante la aclamación del público. El mago la presenta ante los espectadores como haría un orgulloso árbitro con un púgil victorioso.
Ha sido un truco magnífico. Pero entre los clamores y los aplausos, Astrid sólo piensa en donde viajará mañana.