Escrito hace ni se sabe y corregido hace unas semanas, hoy recupero Sobre una Escoba, pequeño cuento sobre la pérdida de la inocencia en el que una vez más, un balón actúa como catalizador. Pero mejor leedlo por vosotros mismos.
La valla se alzaba sobre la acera como las murallas de una fortaleza, un castillo enemigo adornado con hiedra marchita y amenazadoras lanzas de metal negro. Era tan alta que la niña tenía que estirar el cuello para ver el final.
-Sólo hay que saltar la valla. Es fácil. –Dijo el niño gordo.
-Sí, no seas mariquita. –Apoyó el estirado.
El gordo no esperó a demostrar su sabiduría corrigiendo a su amigo. –Una niña no puede ser mariquita idiota.
El dúo de académicos comenzó una discusión lingüística que para ella, carecía de interés. Se aferró con fuerzas a la piedra e inició el ascenso. La pared estaba húmeda, resbaladiza y fría. La misión no era tan fácil como decía el gordo. Cada centímetro que subía, hincando la punta de sus pies en los pocos huecos del muro, amenazaba con ser el último. Una vez llegó a los barrotes, su escalada se hizo más sencilla. Para cuando los adalides del idioma hubieron decidido que el término más adecuado para calificarla era el de “cobarde”, ya estaba al otro lado de la valla.
Lejos de felicitarla el gordo repitió su advertencia. –O lo encuentras o me lo pagas. 50 pavos que vale.
Acompañó la amenaza con una pose teatral, de brazos cruzados y expresión dura que ataviada por el gorro de lana y el abrigo de plumas, le hacía parecer un dibujo animado. En vez de sentirse atemorizada, ella rió con picardía. Esa pequeña carcajada, casi disimulada, prácticamente inaudible desde el otro lado, bastó para que el ceño fruncido del niño se convirtiera en un puchero. Habría llorado de no ser porque eso habría despertado las crueles risas del estirado. A ella el estirado no le caía muy bien.
A pesar de la nieve, ya ennegrecida por el contacto con el asfalto y el humo que desprendían los coches, había convencido al niño gordo para que sacara el balón. A ninguno de ellos le gustaba demasiado el fútbol, pero recordaban el agradable contacto con la pelota cuando durante el verano, la habían pateado hasta pelarla por completo. El invierno no podía privarles de aquel pequeño lujo.
Era una esfera perfecta, de cuero reluciente que aún olía a nuevo. El chillón color naranja era, según su orgulloso propietario, para espantar a la nieve. Incluso al propio invierno. Con él los profesionales podían jugar todo el año sin pausa. Hasta en campos de Rusia, Islandia y otros países perpetuamente nevados cuyo nombre no recordaba. Pero ni toda la tecnología futbolística había logrado evitar que el punterazo de la niña hubiera mandado el recién estrenado regalo de cumpleaños por encima de la valla. Por eso ahora la niña estaba al otro lado. Era la ley.
La supervisión de los dos niños de fuera duró tan sólo hasta que recordaron que podían usar la nieve como una munición inofensiva. Se marcaron como objetivo enemigo y empezaron la guerra. Ahora Ana estaba sola.
Caminó por el jardín intentando convertir cada uno de sus pasos en una anécdota. Avanzaba apoyando levemente la suela sobre la nieve virgen, como si temiera que esta se asustara al sentir por primera vez el contacto humano. Sus botas se hundían hasta los tobillos, dejando un reguero de huellas perfectas por el camino. Los árboles ya habían pagado su tributo al otoño, acumulando en la tierra que cubría sus pies cientos de billetes mortecinos y ahora el invierno les devolvía su inversión en forma de materia blanca. Las ramas habían perdido su pelaje para dejar a la vista huesos desnudos de estatuas cadáver.
Los árboles, inclinados desde cada lado del camino, se daban la mano en las alturas formando un túnel perfecto. La poca luz con la que había nacido el día se colaba entre las ramas despojadas de vida. Desde el interior del túnel la niña apenas podía ver el cielo. Un grupo de pájaros negros batió sus alas alzándose hacia el sol mortecino. Ana quedó por un momento paralizada, como si todos aquellos pares de alas oscuras se hubieran agitado dentro de su propio pecho. Recobró el aliento, susurrándose coraje a sí misma y continuó su búsqueda.
La casa era enorme incluso para la opulencia que mostraban sus compañeras de barrio. Era una mansión de piedra oscura, de grandes ventanas tras cuyos cortinones blancos espiaban figuras imaginarias, de chimeneas metálicas que expulsaban un humo tan negro y denso que convertía el día en noche, de tejados picudos cubiertos de nieve que goteaba formado afiladas lágrimas en sus bordes. Ante los ojos de la niña, la casa se deformaba convirtiendo su puerta en una dentadura amarillenta que se carcajeaba con malicia de los intrusos.
El balón flotaba justo en el centro de la piscina, encallado en un mar Sargazos de hojas muertas y pequeñas llanuras de hielo. Caminó por las orillas de aquel océano, estudiando el mejor método para recuperar el tesoro flotante. Pensó en rescatarlo bombardeando con pedradas su prisión orgánica, pero supuso que aquello molestaría a la bruja.
Todos los niños del barrio lo sabían. No se podía entrar en aquel jardín. Aquellos eran los dominios de la bruja.
Según el gordo y el larguirucho, la bruja medía 3 metros, tenía ojos eléctricos y su pelo estaba hecho de serpientes muertas. La bruja arrancaba las almas a los niños y las guardaba en un pote de propinas. Sólo comía murciélagos muertos, y por las noches volaba por el cielo del barrio sobre una escoba.
Un frío susurro estremeció la breve espalda de Ana cuando se dio cuenta de que ni siquiera con la ayuda de un retorcido palo, era capaz de alcanzar la pelota por sí misma. Pensó en salir corriendo hasta casa y contárselo a sus padres, pero a mamá no le gustaría tener que pagar 50 pavos por la pelota y papá no salía mucho de casa. Papá odiaba hablar con extraños. Seguro que tanto como la bruja.
Ana reflexionó sobre su situación. La visión de su hucha rota y de la expresión decepcionada de sus padres la hizo tomar una decisión. Se arriesgaría con la bruja.
Se plantó con firmeza ante la puerta enrejada y pulsó el botón. El vetusto timbre respondió a su petición con un chispazo azulado y un zumbido. Antes de que el humo se hubiera disipado, la puerta se abrió con un chasquido. De no haber sentido el dolor eléctrico en su pequeño dedo, Ana no habría dudado en pensar que aquello había sido obra de la magia negra de la bruja. Además de tenebrosa, la casa era vieja.
Caminó por el recibidor. Los muebles parecían viejos fantasmas bajo sus sábanas blanquecinas. El polvo retenía la luz de las ventanas, que tras superar la barrea de suciedad, era filtrada por la tenue presencia de unas marchitas cortinas. Cuadros de gente muerta la observaban desde la pared. En una esquina, un reloj anunció la hora con un inaudible campaneo. Según él, eran las diez de la mañana.
Contempló la escalera desde la desierta planta baja. Su intento de gritar un saludo murió en su garganta, asfixiado por el creciente terror. Asiéndose a la balaustrada, inició una lenta ascensión por los quejumbrosos peldaños de la escalera. Cada paso la permitía ver cada vez un poco más del lúgubre piso superior. Tal vez la bruja sólo estuviera despierta de noche.
Al llegar al último escalón, un pitido paralizó a Ana. La continua serie de bips, proveniente del fondo de la planta, murió súbitamente siendo sustituida al momento por una cálida melodía. Una voz femenina cantaba acompañando los acordes electrónicos. Oculta tras la voz de la ninfa, otra menos afortunada acompañaba la canción, alternando su propio canto con melódicos silbidos. Una persiana se abrió, dejando paso a la luz.
Ana recorrió el pasillo, atraída por la música, hasta llegar a la última habitación. La cama estaba aún revuelta, y un disco daba vueltas en un moderno reproductor. Sobre una improvisada mesa, una bandeja cubría los restos de una cena. Ana esperó ver las alas de un difunto murciélago, pero sólo era un trozo frío de pizza. El instrumental de la ventana pronto llamó su atención. Cámaras de fotos y vídeo, sujetadas en altos trípodes, lucían grandes teleobjetivos que apuntaban directamente al otro lado de la calle. Directamente a su casa.
Junto a la cama, en una corchera, había fotos de gente que conocía. Amigos de papá y mamá. Fotos de todos ellos en blanco y negro. Hablando, sonriendo, portando regalos para papá. Incluso una foto de ella misma disfrazada para el cumpleaños del niño gordo, tres días atrás.
Ana tardó en percatarse de la presencia de la bruja. Se giró atenazada por el pánico, hasta contemplar la fina figura que permanecía en pie a su espalda.
La bruja era más joven que mamá. No debía pasar de los veintiocho años. Era alta y muy delgada. Su pelo corto caía sobre su frente, tratando de ocultar con alas de cuervo unos enormes ojos azules. La bruja vestía tan solo ropa interior y pantalones de pijama y apuntaba a Ana con una pistola enorme. La bruja relajó sus músculos y la pistola descendió.
-Caray niña. Por poco me matas del susto.
Ana no respondió. No esperaba que la bruja fuera tan… Creía que las de su especie eran desagradables ancianas de rostro arrugado, nariz larga y una gran verruga en la frente. Aquella chica era como una estrella del rock. Se sentó en la cama escondiendo sin demasiado disimulo la pistola entre las sábanas, revolvió su pelo azabache, replegó sus piernas como si fuera a hacer yoga y miró a la niña. La música murió en la minicadena.
-¿Qué se te ofrece, princesa?
Al no obtener respuesta por parte de Ana, compuso un retador gesto de simpatía.
-¿No hablas? Yo tampoco hablaba mucho a tu edad, pero un día empecé a hablar y no callé hasta que dije todo lo que tenía que decir.
Ana comenzaba a tranquilizarse. La bruja era una especie de hermana mayor, de esas que te llevan al cine e insisten en comprarte el cubo más grande de palomitas.
-Si adivino tu nombre… ¿hablarás?
La niña asintió con la cabeza. Dudaba de los poderes de bruja de aquella joven y aquel pequeño reto sería la prueba definitiva de su auténtica naturaleza de hechicera.
-Te llamas… –hizo un teatral gesto llevándose sus dedos a la cabeza mientras cerraba los ojos concentrándose- Amapola…no. Andrea… no. Ana. Eso es. Te llamas Ana.
La niña no se lo podía creer. Había acertado –¡Eres una bruja!
-Una bruja buena.
-¿Y llevas pistola?
El tono de la niña era de cierta decepción. No era una acusación, ni mucho menos. Pero esperaba que una bruja buena usara una varita mágica dorada, coronada por una estrella. A pesar de todo su poder, la bruja de pelo negro se encogió de hombros evitando dar una respuesta. Ana se posó de nuevo en las fotografías de la pared. En una de ellas papá hablaba enfadado por el móvil, agitando el dedo como cuando la echaba una regañina.
-¿Le estás robando el alma a mi papá?
La bruja rió. Su carcajada era sincera y en contra de lo que esperaba Ana, no la paralizó de horror. Definitivamente era una bruja buena.
-¿Lo dices por las fotos? No, cariño. Sólo vigilo para que no le pase nada malo. Soy una bruja buena, ¿recuerdas?
Ana asintió sonriente.
-Mi pelota se ha caído a tu piscina.
-¡No fastidies!
La joven bruja saltó de la cama y miró a la piscina a través de la ventana.
-Pues vamos a por ella, pero tienes que prometerme algo.
Ana la escuchó con atención.
-Tienes que prometerme que no le dirás a nadie que existo, ¿vale? Si alguien se entera, vendrán a por mí y desapareceré. Y nunca, nunca, nunca podré volver a ayudar a nadie. ¿Trato hecho?
-Hecho –Respondió Ana con convencimiento.
La bruja sonrió, y dándola la mano, descendió junto a ella las escaleras. Los muebles ya no parecían fantasmas, sino simplemente aparatos viejos y raídos que habían perdido su antiguo esplendor. El reloj era ahora un cacharro mal afinado cuyo péndulo agonizaba con un estertor oxidado repetido cada segundo. Las ventanas, sólo una superficie de cristal empañado que necesitaba una buena limpieza. La gente de los cuadros estaba vestida de una forma ridícula, que convertía sus poses orgullosas en un chiste.
Juntas salieron fuera, hasta llegar al borde de la piscina. Había vuelto a nevar y los copos caían tímidamente sobre el agua, formando una superficie similar al recubrimiento de azúcar que adorna un bizcocho. Tras estudiar la situación, la bruja morena soltó la mano a Ana y la dijo con una enorme sonrisa.
-Espérame aquí.
Ante el asombro de la niña, la joven se lanzó al agua, y de dos brazadas llegó hasta el balón. Cogiéndolo en sus manos lo lanzó hacia la niña, que lo capturó sin dificultad.
-No lo cojas aún o te mojarás. –Gritó mientras emergía del agua. La breve vestimenta de la hechizera chorreaba de agua, y de su pelo pendían dos hojas muertas.
-Recuerda nuestra promesa ¿eh?
-Sí. ¡Gracias brujita!
-De nada cielo. Voy adentro antes de coger una pulmonía.
Y corriendo, sin percatarse del timbre quemado, volvió a entrar en la casa. Esta ya no era un lúgubre castillo del terror que devoraba a sus visitantes, sino un orgulloso caserón al que el tiempo y el abandono habían condenado a la decadencia. Era como un anciano olvidado en un asilo que se consume mientras contempla por la ventana la muerte del invierno. Ana veía ahora las cosas de otra manera. Sus ojos habían perdido brillo y habían ganado frialdad. El frío que la rodeaba había penetrado en ellos helándolos. Su imaginación se había colapsado con aquellas fotos en blanco y negro. La niña no había perdido el miedo, sino la inocencia.
Ana avanzó por el jardín hasta llegar a la puerta de la valla, que se abrió con un zumbido electrónico. Fuera sus dos amigos todavía se lanzaban entre risas bolas de nieve. Sólo eran dos niños que la preguntaron alucinados si había visto a la bruja. Ana le lanzó el balón al gordo y simplemente respondió.
-La bruja no existe.
La tormenta iba en aumento, dejando caer sobre la carretera un nuevo manto. Los dos niños corrieron a esconderse en sus casas. Ana se tomó su tiempo hasta llegar a la suya, pisoteando por el camino a cada uno de los recién llegados. Para ella los copos eran ahora paracaidistas que habían caído en territorio enemigo. De haber podido, Ana habría detenido la invasión con toda su furia. Llegó a la puerta y se sacudió la nieve sobre el felpudo con dos violentos manotazos.
Adentro, mamá limpiaba las tazas del desayuno mientras papá contaba fajos de billetes. La pistola, como siempre, reposaba cerca de él, sobre la mesa.
- Mamá. Papá.
Ambos cesaron en sus tareas, contemplando a su hija. Ana tomó aliento, segura de lo que tenía que decir.
-Los federales nos vigilan.