La Ley de la Botella, finalista en NotodoFilmFest
Es un paso muy pequeño, pero al fin y al cabo un paso más. Y uno que creo sinceramente que premia al menos el durísimo trabajo que ha tenido que realizar David Tordable durante semanas, para lograr desarrollar este humilde proyecto. La Ley de la Botella, ese pequeño corto de animación del que tanto os he hablado estas últimas semanas, se ha convertido en uno de los finalistas de la séptima edición de NotodoFilmFest.
Desde aquí me gustaría felicitar a los muchos compañeros que han visto recompensado su trabajo con esta pequeña alegría, y también a los que no. Porque al fin y al cabo, la base de este certámen es la de darle, al menos, un soporte digno a la pequeña visión del cine que tenemos cada uno y poder compartirlo con muchos otros miles de personas que tienen en común, esta inexplicable pasión por dedicar tiempo y sudores a algo que nunca se sabe si va a fructificar.
Espero tener pronto más buenas noticias que daros sobre la andadura en el festival de La Ley de la Botella. Y si no es así, no sería para echarnos las manos en la cabeza. En el cine, sí que es cierto, que lo más importante a veces es participar. Y que se sepa.
Reescrito el guión de cortometraje Reset: Amor, sexo, dolor y mentiras
Hace un par de semanas terminé de escribir el guión de Reset, otro más para un futuro cortometraje que sigue con nuestro hábito creativo de explorar diferentes géneros y temáticas.
El impulso que me llevó a escribir Reset no fue otro que cierto remordimiento por no tener, entre la gran cantidad de posibles proyectos que hay en reserva, uno que hablara simplemente de las relaciones humanas.
Por eso Reset puede definirse como el relato de una relación absolutamente enfermiza pero que, de cierto modo, representa todas esas que cualquiera hemos tenido. En una sociedad hedonista como esta del primer mundo, la persistente búsqueda de la perfección, envuelta de todo tipo de placeres, a veces no nos deja percibir que nuestra meta es imposible y el trayecto, inútil.
Siempre intentamos ser una persona distinta, más atractiva e interesante, para lograr seducir a otros y, al mismo tiempo, solicitamos de ellos que se conviertan exactamente en lo que deseamos, sin pensar en cuánto tiempo se sostendrá esta mentira.
El primer Reset jugaba con todo esto, pero sin embargo no era más que un esbozo que necesitaba de grandes cambios. Por eso ahora Reset es más corto, más efectivo, más onírico si cabe y más orientado a cautivar mediante la imagen y los sentidos, que a través de una trama intrincada y cerebral. Al fin y al cabo, la truculenta relación que mantienen estos dos personajes, no es sino una representación de lo que todos deseamos vivir sin pensar jamás en las consecuencias.
Reset Sinopsis: Siete mesas, siete chicas, siete chicos y siete minutos para conocerse. En una de estas citas rápidas, un joven conoce a una misteriosa mujer que parece tener todo lo que él busca. Sin embargo, marcados por un extraño juego, ambos se sumirán en una dolorosa relación forzada a reiniciarse continuamente y en la que se buscarán una y otra en una persecución eterna.
Relato – Sobre una Escoba
Escrito hace ni se sabe y corregido hace unas semanas, hoy recupero Sobre una Escoba, pequeño cuento sobre la pérdida de la inocencia en el que una vez más, un balón actúa como catalizador. Pero mejor leedlo por vosotros mismos.
La valla se alzaba sobre la acera como las murallas de una fortaleza, un castillo enemigo adornado con hiedra marchita y amenazadoras lanzas de metal negro. Era tan alta que la niña tenía que estirar el cuello para ver el final.
-Sólo hay que saltar la valla. Es fácil. –Dijo el niño gordo.
-Sí, no seas mariquita. –Apoyó el estirado.
El gordo no esperó a demostrar su sabiduría corrigiendo a su amigo. –Una niña no puede ser mariquita idiota.
El dúo de académicos comenzó una discusión lingüística que para ella, carecía de interés. Se aferró con fuerzas a la piedra e inició el ascenso. La pared estaba húmeda, resbaladiza y fría. La misión no era tan fácil como decía el gordo. Cada centímetro que subía, hincando la punta de sus pies en los pocos huecos del muro, amenazaba con ser el último. Una vez llegó a los barrotes, su escalada se hizo más sencilla. Para cuando los adalides del idioma hubieron decidido que el término más adecuado para calificarla era el de “cobarde”, ya estaba al otro lado de la valla.
Lejos de felicitarla el gordo repitió su advertencia. –O lo encuentras o me lo pagas. 50 pavos que vale.
Acompañó la amenaza con una pose teatral, de brazos cruzados y expresión dura que ataviada por el gorro de lana y el abrigo de plumas, le hacía parecer un dibujo animado. En vez de sentirse atemorizada, ella rió con picardía. Esa pequeña carcajada, casi disimulada, prácticamente inaudible desde el otro lado, bastó para que el ceño fruncido del niño se convirtiera en un puchero. Habría llorado de no ser porque eso habría despertado las crueles risas del estirado. A ella el estirado no le caía muy bien.
A pesar de la nieve, ya ennegrecida por el contacto con el asfalto y el humo que desprendían los coches, había convencido al niño gordo para que sacara el balón. A ninguno de ellos le gustaba demasiado el fútbol, pero recordaban el agradable contacto con la pelota cuando durante el verano, la habían pateado hasta pelarla por completo. El invierno no podía privarles de aquel pequeño lujo.
Era una esfera perfecta, de cuero reluciente que aún olía a nuevo. El chillón color naranja era, según su orgulloso propietario, para espantar a la nieve. Incluso al propio invierno. Con él los profesionales podían jugar todo el año sin pausa. Hasta en campos de Rusia, Islandia y otros países perpetuamente nevados cuyo nombre no recordaba. Pero ni toda la tecnología futbolística había logrado evitar que el punterazo de la niña hubiera mandado el recién estrenado regalo de cumpleaños por encima de la valla. Por eso ahora la niña estaba al otro lado. Era la ley.
La supervisión de los dos niños de fuera duró tan sólo hasta que recordaron que podían usar la nieve como una munición inofensiva. Se marcaron como objetivo enemigo y empezaron la guerra. Ahora Ana estaba sola.
Caminó por el jardín intentando convertir cada uno de sus pasos en una anécdota. Avanzaba apoyando levemente la suela sobre la nieve virgen, como si temiera que esta se asustara al sentir por primera vez el contacto humano. Sus botas se hundían hasta los tobillos, dejando un reguero de huellas perfectas por el camino. Los árboles ya habían pagado su tributo al otoño, acumulando en la tierra que cubría sus pies cientos de billetes mortecinos y ahora el invierno les devolvía su inversión en forma de materia blanca. Las ramas habían perdido su pelaje para dejar a la vista huesos desnudos de estatuas cadáver.
Los árboles, inclinados desde cada lado del camino, se daban la mano en las alturas formando un túnel perfecto. La poca luz con la que había nacido el día se colaba entre las ramas despojadas de vida. Desde el interior del túnel la niña apenas podía ver el cielo. Un grupo de pájaros negros batió sus alas alzándose hacia el sol mortecino. Ana quedó por un momento paralizada, como si todos aquellos pares de alas oscuras se hubieran agitado dentro de su propio pecho. Recobró el aliento, susurrándose coraje a sí misma y continuó su búsqueda.
La casa era enorme incluso para la opulencia que mostraban sus compañeras de barrio. Era una mansión de piedra oscura, de grandes ventanas tras cuyos cortinones blancos espiaban figuras imaginarias, de chimeneas metálicas que expulsaban un humo tan negro y denso que convertía el día en noche, de tejados picudos cubiertos de nieve que goteaba formado afiladas lágrimas en sus bordes. Ante los ojos de la niña, la casa se deformaba convirtiendo su puerta en una dentadura amarillenta que se carcajeaba con malicia de los intrusos.
El balón flotaba justo en el centro de la piscina, encallado en un mar Sargazos de hojas muertas y pequeñas llanuras de hielo. Caminó por las orillas de aquel océano, estudiando el mejor método para recuperar el tesoro flotante. Pensó en rescatarlo bombardeando con pedradas su prisión orgánica, pero supuso que aquello molestaría a la bruja.
Todos los niños del barrio lo sabían. No se podía entrar en aquel jardín. Aquellos eran los dominios de la bruja.
Según el gordo y el larguirucho, la bruja medía 3 metros, tenía ojos eléctricos y su pelo estaba hecho de serpientes muertas. La bruja arrancaba las almas a los niños y las guardaba en un pote de propinas. Sólo comía murciélagos muertos, y por las noches volaba por el cielo del barrio sobre una escoba.
Un frío susurro estremeció la breve espalda de Ana cuando se dio cuenta de que ni siquiera con la ayuda de un retorcido palo, era capaz de alcanzar la pelota por sí misma. Pensó en salir corriendo hasta casa y contárselo a sus padres, pero a mamá no le gustaría tener que pagar 50 pavos por la pelota y papá no salía mucho de casa. Papá odiaba hablar con extraños. Seguro que tanto como la bruja.
Ana reflexionó sobre su situación. La visión de su hucha rota y de la expresión decepcionada de sus padres la hizo tomar una decisión. Se arriesgaría con la bruja.
Se plantó con firmeza ante la puerta enrejada y pulsó el botón. El vetusto timbre respondió a su petición con un chispazo azulado y un zumbido. Antes de que el humo se hubiera disipado, la puerta se abrió con un chasquido. De no haber sentido el dolor eléctrico en su pequeño dedo, Ana no habría dudado en pensar que aquello había sido obra de la magia negra de la bruja. Además de tenebrosa, la casa era vieja.
Caminó por el recibidor. Los muebles parecían viejos fantasmas bajo sus sábanas blanquecinas. El polvo retenía la luz de las ventanas, que tras superar la barrea de suciedad, era filtrada por la tenue presencia de unas marchitas cortinas. Cuadros de gente muerta la observaban desde la pared. En una esquina, un reloj anunció la hora con un inaudible campaneo. Según él, eran las diez de la mañana.
Contempló la escalera desde la desierta planta baja. Su intento de gritar un saludo murió en su garganta, asfixiado por el creciente terror. Asiéndose a la balaustrada, inició una lenta ascensión por los quejumbrosos peldaños de la escalera. Cada paso la permitía ver cada vez un poco más del lúgubre piso superior. Tal vez la bruja sólo estuviera despierta de noche.
Al llegar al último escalón, un pitido paralizó a Ana. La continua serie de bips, proveniente del fondo de la planta, murió súbitamente siendo sustituida al momento por una cálida melodía. Una voz femenina cantaba acompañando los acordes electrónicos. Oculta tras la voz de la ninfa, otra menos afortunada acompañaba la canción, alternando su propio canto con melódicos silbidos. Una persiana se abrió, dejando paso a la luz.
Ana recorrió el pasillo, atraída por la música, hasta llegar a la última habitación. La cama estaba aún revuelta, y un disco daba vueltas en un moderno reproductor. Sobre una improvisada mesa, una bandeja cubría los restos de una cena. Ana esperó ver las alas de un difunto murciélago, pero sólo era un trozo frío de pizza. El instrumental de la ventana pronto llamó su atención. Cámaras de fotos y vídeo, sujetadas en altos trípodes, lucían grandes teleobjetivos que apuntaban directamente al otro lado de la calle. Directamente a su casa.
Junto a la cama, en una corchera, había fotos de gente que conocía. Amigos de papá y mamá. Fotos de todos ellos en blanco y negro. Hablando, sonriendo, portando regalos para papá. Incluso una foto de ella misma disfrazada para el cumpleaños del niño gordo, tres días atrás.
Ana tardó en percatarse de la presencia de la bruja. Se giró atenazada por el pánico, hasta contemplar la fina figura que permanecía en pie a su espalda.
La bruja era más joven que mamá. No debía pasar de los veintiocho años. Era alta y muy delgada. Su pelo corto caía sobre su frente, tratando de ocultar con alas de cuervo unos enormes ojos azules. La bruja vestía tan solo ropa interior y pantalones de pijama y apuntaba a Ana con una pistola enorme. La bruja relajó sus músculos y la pistola descendió.
-Caray niña. Por poco me matas del susto.
Ana no respondió. No esperaba que la bruja fuera tan… Creía que las de su especie eran desagradables ancianas de rostro arrugado, nariz larga y una gran verruga en la frente. Aquella chica era como una estrella del rock. Se sentó en la cama escondiendo sin demasiado disimulo la pistola entre las sábanas, revolvió su pelo azabache, replegó sus piernas como si fuera a hacer yoga y miró a la niña. La música murió en la minicadena.
-¿Qué se te ofrece, princesa?
Al no obtener respuesta por parte de Ana, compuso un retador gesto de simpatía.
-¿No hablas? Yo tampoco hablaba mucho a tu edad, pero un día empecé a hablar y no callé hasta que dije todo lo que tenía que decir.
Ana comenzaba a tranquilizarse. La bruja era una especie de hermana mayor, de esas que te llevan al cine e insisten en comprarte el cubo más grande de palomitas.
-Si adivino tu nombre… ¿hablarás?
La niña asintió con la cabeza. Dudaba de los poderes de bruja de aquella joven y aquel pequeño reto sería la prueba definitiva de su auténtica naturaleza de hechicera.
-Te llamas… –hizo un teatral gesto llevándose sus dedos a la cabeza mientras cerraba los ojos concentrándose- Amapola…no. Andrea… no. Ana. Eso es. Te llamas Ana.
La niña no se lo podía creer. Había acertado –¡Eres una bruja!
-Una bruja buena.
-¿Y llevas pistola?
El tono de la niña era de cierta decepción. No era una acusación, ni mucho menos. Pero esperaba que una bruja buena usara una varita mágica dorada, coronada por una estrella. A pesar de todo su poder, la bruja de pelo negro se encogió de hombros evitando dar una respuesta. Ana se posó de nuevo en las fotografías de la pared. En una de ellas papá hablaba enfadado por el móvil, agitando el dedo como cuando la echaba una regañina.
-¿Le estás robando el alma a mi papá?
La bruja rió. Su carcajada era sincera y en contra de lo que esperaba Ana, no la paralizó de horror. Definitivamente era una bruja buena.
-¿Lo dices por las fotos? No, cariño. Sólo vigilo para que no le pase nada malo. Soy una bruja buena, ¿recuerdas?
Ana asintió sonriente.
-Mi pelota se ha caído a tu piscina.
-¡No fastidies!
La joven bruja saltó de la cama y miró a la piscina a través de la ventana.
-Pues vamos a por ella, pero tienes que prometerme algo.
Ana la escuchó con atención.
-Tienes que prometerme que no le dirás a nadie que existo, ¿vale? Si alguien se entera, vendrán a por mí y desapareceré. Y nunca, nunca, nunca podré volver a ayudar a nadie. ¿Trato hecho?
-Hecho –Respondió Ana con convencimiento.
La bruja sonrió, y dándola la mano, descendió junto a ella las escaleras. Los muebles ya no parecían fantasmas, sino simplemente aparatos viejos y raídos que habían perdido su antiguo esplendor. El reloj era ahora un cacharro mal afinado cuyo péndulo agonizaba con un estertor oxidado repetido cada segundo. Las ventanas, sólo una superficie de cristal empañado que necesitaba una buena limpieza. La gente de los cuadros estaba vestida de una forma ridícula, que convertía sus poses orgullosas en un chiste.
Juntas salieron fuera, hasta llegar al borde de la piscina. Había vuelto a nevar y los copos caían tímidamente sobre el agua, formando una superficie similar al recubrimiento de azúcar que adorna un bizcocho. Tras estudiar la situación, la bruja morena soltó la mano a Ana y la dijo con una enorme sonrisa.
-Espérame aquí.
Ante el asombro de la niña, la joven se lanzó al agua, y de dos brazadas llegó hasta el balón. Cogiéndolo en sus manos lo lanzó hacia la niña, que lo capturó sin dificultad.
-No lo cojas aún o te mojarás. –Gritó mientras emergía del agua. La breve vestimenta de la hechizera chorreaba de agua, y de su pelo pendían dos hojas muertas.
-Recuerda nuestra promesa ¿eh?
-Sí. ¡Gracias brujita!
-De nada cielo. Voy adentro antes de coger una pulmonía.
Y corriendo, sin percatarse del timbre quemado, volvió a entrar en la casa. Esta ya no era un lúgubre castillo del terror que devoraba a sus visitantes, sino un orgulloso caserón al que el tiempo y el abandono habían condenado a la decadencia. Era como un anciano olvidado en un asilo que se consume mientras contempla por la ventana la muerte del invierno. Ana veía ahora las cosas de otra manera. Sus ojos habían perdido brillo y habían ganado frialdad. El frío que la rodeaba había penetrado en ellos helándolos. Su imaginación se había colapsado con aquellas fotos en blanco y negro. La niña no había perdido el miedo, sino la inocencia.
Ana avanzó por el jardín hasta llegar a la puerta de la valla, que se abrió con un zumbido electrónico. Fuera sus dos amigos todavía se lanzaban entre risas bolas de nieve. Sólo eran dos niños que la preguntaron alucinados si había visto a la bruja. Ana le lanzó el balón al gordo y simplemente respondió.
-La bruja no existe.
La tormenta iba en aumento, dejando caer sobre la carretera un nuevo manto. Los dos niños corrieron a esconderse en sus casas. Ana se tomó su tiempo hasta llegar a la suya, pisoteando por el camino a cada uno de los recién llegados. Para ella los copos eran ahora paracaidistas que habían caído en territorio enemigo. De haber podido, Ana habría detenido la invasión con toda su furia. Llegó a la puerta y se sacudió la nieve sobre el felpudo con dos violentos manotazos.
Adentro, mamá limpiaba las tazas del desayuno mientras papá contaba fajos de billetes. La pistola, como siempre, reposaba cerca de él, sobre la mesa.
- Mamá. Papá.
Ambos cesaron en sus tareas, contemplando a su hija. Ana tomó aliento, segura de lo que tenía que decir.
-Los federales nos vigilan.
Raíces de la Utopía en Scifiworld
La conocida página entre los aficionados a la ciencia ficción, SCIFIWORLD, convoca la primera edición de SHOTS Certamen Internacional Scifiworld de Cortometrajes de Género Fantástico con la finalidad de difundir y promover a los jóvenes realizadores de género fantástico audiovisual internacional. Entre los cortos que se exponen en la web está Raíces de la Utopía, en la enésima parada de su larguísimo viaje a lo largo y ancho del mapa de festivales españoles. Allí podéis ver el cortometraje y dejar vuestro comentario al respecto.
En la revista Cinemanía: Parte III
Hará unos días la gente de la revista española Cinemanía me comunicó que usaría un extracto de mi crítica de RockNRolla en su número de Febrero.
Con esta ya son tres las veces que alguna de mis reseñas aparece en esta publicación. Las anteriores fueron Wall-E y El Caballero Oscuro, esta última vía Zona Negativa.
Lo cierto es que se agradece poder ver el nombre de uno, para variar, impreso en papel y no implementado en una pantalla como de costumbre. Aunque eso sí, suena mejor de lo que realmente es.
Las críticas aparecen en una especie de sección de correos a la que no mucha gente presta tanta atención como a la de críticas oficiales de la revista. Sin ir más lejos, a mí mismo me costó un poco encontrarme la primera vez…
Número 5
Esta semana ha sido de esas cargadas de noticias y sobresaltos. Uno de los acontecimientos que más me ha alegrado ha sido la inclusión de La Ley de la Botella en el Box Office de notodofilmest, reservado para los cortos más vistos de la semana.
Este pequeño “premio” tiene más mérito si se tiene en cuenta la humildad del proyecto, así como el número y la calidad de los trabajos que compiten. Así que gracias a todos por vuestro apoyo y recordad si os apetece, que podéis dejar vuestra crítica en la web del certamen.
Le Ley de la Botella en Notodofilmfest
Mientras seguimos trabajando en Zapping, David Tordable y yo mismo estamos orgullosos de presentar La Ley de la Botella, breve cortometraje de animación que hoy aparece ya expuesto en Notodofilmfest.
Curiosamente acabo de revisar los primeros comentarios al respecto y parece que estamos despertando las reacciones que buscábamos. Afortunadamente parece que el impacto que esperamos que cause el corto, está funcionando. Por otra parte puede que muchos, al observar la conclusión, lo tachen de oportunista. Esa es una de las grandes virtudes del guión y al mismo tiempo una de las más terribles conclusiones de esta breve película. Que por desgracia, en este mundo, siempre está vigente. Esta historia, pese a que uno podría concluir que ha sido inspirada por recientes acontecimientos, lleva más de un año escrita.
Fue por aquel entonces, exactamente el 29 de Noviembre de 2.007, cuando decidí escribir para David una pequeña historia que lograra, desde su brevedad, hacer pensar a su espectador sobre una dura realidad social. Un año después, y tras un abrumador trabajo que ha durado semanas, por parte de este prometedor cineasta vallisoletano, el proyecto es una realidad que podéis ver en la web oficial de Notodofilmfest.
Yo personalmente os invito a verlo y opinar, y si fuera posible, a reflexionar sobre él.
Gracias David. Un gran regalo de Reyes.
Primer cartel de Zapping
Este próximo año 2.009 nuestro primer gran proyecto es Zapping, cortometraje protagonizado por Emma Caballero y Guillermo Casta que rodaremos en Valladolid los próximos meses. Para que os vayáis haciendo una idea, hemos sacado a la red de redes este misterioso cartel, que seguro que os sugiere ciertas ideas y… hasta aquí puedo leer. Además el lanzamiento de este teaser poster es la oportunidad perfecta para desearos lo mejor para 2.009.

Sinopsis de mis guiones para cortometraje y largometraje, online
Como en teoría soy guionista, se supone de igual modo que mi clímax se alcanza viendo los distintos proyectos que escribo siendo producidos, rodados y expuestos. Lamentablemente esta es una de las profesiones en las que más en vano se trabaja, si reducimos los resultados a metas tangibles (o sea, una película) y no a la experiencia ganada en el proceso de creación. Es decir, que por mucho que lo lamentemos los guionistas escribimos muchas más obras de las que se llegan a rodar.
Por ese motivo he decidido crear un pequeño catálogo de mis guiones y colgar online sus sinopsis. Así, todos podréis ir leyéndolas y si hay alguien interesando en algunas de las premisas, podrá ponerse en contacto conmigo para echarle un vistazo al guión completo. Podéis pasaros por la lista pulsando en el nuevo banner de la parte izquierda. La página a la que accederéis se irá actualizando progresivamente con novedades.
Relato: Nada por Aquí
La luz desaparece con un sonoro golpe y un ruido metálico.
El aislamiento es absoluto, como si el resto de la humanidad, con sus edificios, coches y vidas ajetreadas, hubiera desaparecido en un parpadeo. Todo es oscuridad y silencio, y la chica tiene la incómoda sensación de que su nuevo mundo es un reducto demasiado pequeño para su cuerpo. Ahí dentro se siente una prisionera a la que han cortado el vínculo sensorial con el mundo exterior. En esa postura parece el muñeco de un ventrílocuo, despojado de vida sin el manejo su amo y que reposa en su ataúd hasta que este le resucite en la próxima actuación. Con sus piernas flexionadas, sus rodillas arañando la madera, su cabeza girada de una forma extravagante y su espalda encorvada, Astrid desearía ser una muñeca de trapo y no esa molesta amalgama de piel, hueso y músculo dolorido que forma su cuerpo.
El baúl sin duda ha sido diseñado por hombrecillos diminutos sin ninguna necesidad de contorsionarse para ocupar su lugar en el mundo. La misma gente que coloca los asientos de los autobuses excesivamente cerca unos de otros, que hace los techos de las buhardillas demasiado bajos y que vende a los hoteles camas de las que siempre sobresalen los pies. Astrid los maldice en voz baja al notar como su rodilla derecha se queja con un trisquido, recordándola que hay límites de torsión que no debe sobrepasar.
Astrid odia este momento, pero ha aprendido a superarlo. Es capaz de ordenar a su mente echar a alas y volar alejándola de esos minutos de dolor. De llevarla a lugares que nunca ha visitado y momentos que ya casi no recordaba. Atrapada en el baúl no piensa en los ojos asombrados del público, ni en las teatrales maniobras que estará realizando su compañero. No piensa en las entradas que se habrán vendido del espectáculo, en que no cobra demasiado por tantas molestias, ni en si lloverá al salir y tendrá que pedir un taxi para volver a casa. Simplemente imagina y sueña y se deja llevar a un mundo en el que “dolor muscular” es el nombre de un sabroso pastel de frutas. O en el que el baúl es una gran casa colonial con decenas de habitaciones, cada una con una gran cama y un comodísimo colchón de plumas. Esa capacidad de evasión es sólo comparada a la de los más grandes escapistas de todos los tiempos. Encerrada ahí dentro, puede ir adonde quiera. Tan sólo debe de estar atenta de la señal con la que su compañero la indicará cuando salir.
Un rayo recorre el cuerpo de Astrid desde la misma punta de sus zapatos de tacón hasta la última pluma que corona su aparatoso tocado. ¿Cuánto ha pasado desde que entró en el baúl? ¿Cuánto lleva ahí dentro? ¿Tan lejos la han llevado sus pensamientos que no ha podido volver a tiempo? ¿Tan descontrolada habrá estado fantaseando con salir, que se ha olvidado de hacerlo? Astrid mueve su cuerpo con nervioso frenesí, impulsando hasta el último de sus músculos para levantar la tapa del baúl y emerger de él indemne, saludable y sonriente para asombro de su público, que apenas segundos antes habrá visto un baúl vacío. O serrado por la mitad. O atravesado con espadas.
Pero ahí fuera no está el escenario principal del Gran Teatro, ni la saluda su compañero vestido con frac, chistera y varita mágica, ni aplaude ningún público. Astrid jamás había estado en este lugar. Jamás había oído hablar de él, ni lo había visto en postales o atlas, ni había leído su nombre en algún mapa. Astrid jamás había imaginado este mundo.
A sus pies, fluyendo del mismísimo baúl parte hacia el infinito un camino de losas doradas por el que salta una hilera de miles y miles de conejos blancos salidos de alguna misteriosa caja. La vereda está adornada por varitas mágicas que en un instante se convierten en ramos de vistosas flores de plástico. Surca el cielo, dibujado con pinturas de cera, una bandada de palomas inmaculadas, prófugas de sombreros con doble fondo. Empiezan a llover naipes sacados de la manga. Un árbol de cartón da como fruto centenares de bolitas de trilero de todos los colores.
Alrededor de Astrid camina apresuradamente una muchedumbre formada por individuos en busca de un destino que no acaban de encontrar. A vista de pájaro serían hormigas que, conocedoras de una inminente tormenta, apuran sus tareas antes de volver a sus agujeros. Medias de rejilla, corsés blancos, fracs, sombreros de copa corretean alrededor de la chica. Algún voluntario cuya osadía se ha convertido ahora en despiste, camina confundido entre el ajetreo. Ese mundo parece un gran departamento de objetos perdidos. O mejor dicho, de objetos obligados a perderse entre una gran nube de humo, un giro rápido de muñeca, un abracadabra o una aclamación del público.
Una chica se acerca al baúl de Astrid. De no ser por el color de su vestido, vista desde cierta distancia podría ser su hermana gemela. Compañera de gremio al menos, tal y como indica su sombrero de plumas al estilo años veinte, un corpiño aderezado de lentejuelas brillantes, una falda formada por tiras de tela, unas medias altas de rejilla y unos radiantes zapatos de tacón. Las dos ayudantes se miran confusas unos instantes.
-Creo que esta es mi salida –Dice la extraña mientras estudia hasta el más mínimo dibujo del baúl.
La parálisis de Astrid obliga a su compañera a apremiarla, expulsándola de sus dominios con una amabilidad cargada de firmeza.
-Vamos, vamos. Es hora punta y no hay tiempo que perder. Tengo que volver en menos de un minuto.
-Pero… este es mi baúl. –Apunta Astrid con una tímida queja.
-Espabila novata. No querrás volver por el mismo sitio por el que has llegado, ¿no? –Y ante los ojos confusos de Astrid se mete en el baúl con asombrosa agilidad y cierra la tapa. Un segundo más tarde, esta se vuelve a abrir y de la caja sale una chica totalmente distinta. Y después otra, y otra, y otra… Y todas ellas se unen correteando a la multitud frenética en busca de su propia salida. Astrid otea a su alrededor, tratando de encontrar con la mirada el lejano destino al que se dirigen sus compañeras. Lo ve a lo lejos. Otro baúl exactamente igual descansa aburrido junto a una jaula en la que dormita un viejo león.
Astrid corre apresurada sobre las puntas de sus zapatos de tacón entre la caótica turba hasta llegar al otro lado. Espera en la cola hasta que llega su turno y con los movimientos habituales, se introduce de nuevo en el baúl.
Al instante la luz desaparece con un sonoro golpe y un ruido metálico.
Alguien golpea la madera desde el exterior y Astrid abre los ojos. La luz se abre camino en las oscuras profundidades del baúl y la chica sale al exterior, relajada, tranquila y sonriente. Sin la más leve herida a pesar de que todos y cada uno de los ojos que miran desde las butacas, han visto el baúl arder, sumergido en el agua durante varios minutos y atravesado por afilados sables. ¿Cómo es posible? Un foco ilumina a Astrid que brilla radiante ante la aclamación del público. El mago la presenta ante los espectadores como haría un orgulloso árbitro con un púgil victorioso.
Ha sido un truco magnífico. Pero entre los clamores y los aplausos, Astrid sólo piensa en donde viajará mañana.






